JUAN CARLOS ONETTI CUANDO YA NO IMPORTE PDF

No hubo reproches ni quejas. Creo, no lo aseguro. Nunca hice distinciones por sexo. Fragmentos tomados de Cuando ya no importe de Juan Carlos Onetti.

Author:Fenrimi Kajizragore
Country:Zambia
Language:English (Spanish)
Genre:Art
Published (Last):2 August 2010
Pages:16
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ISBN:112-8-90242-339-2
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Por orden del autor. Per G. El jefe de ordenes. No hubo reproches ni quejas. Como no comprenderla si ambos compartimos, casi exclusivamente, el hambre. Creo, no lo aseguro. Nunca hice distinciones por sexo. Escuche a los hombres. Nadie hablaba. Aquel hombre se hizo mi capataz con muy pocas palabras. Leyendo alguna historia de asesinado y detective, leyendo un diario o revista, vigilando de rabo de ojo a un costado la boca angurrienta de la tolva. Muchas ratas gordas y veloces que no se sabia de que disparaban o adonde pensaban ir.

Nunca lo vi fracasar. Apunte: noches Felices, pero seria mas exacto llamarlas noches de paz. Si era necesario cargar un barco con urgencia, S.

Y las aprovechaba para intentar respuesta. La oficina estaba instalada en un edificio ruinoso de la ciudad vieja. Pero la cara si tenia que ver con la voz. No dispongo de esa clase de infamias. No hacer nada pero dejar hacer. Recuerdo que entonces robe el lema del New York Times y me jure apuntar todo lo que fuera digno de ser apuntado.

Porque ignoro adonde voy y para que me llevan. Se que lo expulsaron de su partido. Vagamente, me explico que no se trataba de construir una presa o represa, sino solamente de cimentar lo que ya estaba hecho. Yo andaba solo y muy pobre y con ganas de huir de todo el mundo.

Ahora contemplo otro no que supongo manso. Fue como si hubiera hecho chasquear los dedos. Repuestos, uno de ellos hablo, tal vez fue Dick.

Si, fue Dick quien inicio las alabanzas. Para ir bien con ella hay que mantenerle el tratamiento. Ya vera. Nadie sabe si treinta o cuarenta. Ella es tres cuartos de india y muy mandona si le toleran. Con nosotros anda en una especie de paz armada. Fue al este a comprarnos alimentos frescos. Odia las latas mas que nosotros.

Y nunca nos falla, debe estar por volver. La mujer hablo:. Otra tuve, de apelativo Josefina, morochona como el padre. Poco se de su vida. Me tienen dicho que esta en casa de un medico, pero un medico de verdad. Por lo menos, se acordaban de tantos abuelos muertos, llevados por la correntada hacia el mar, y nunca mas se supo. Eufrasia, impasible, tan olvidada de su barriga como del momento en que se la iniciaron, limpiaba la casa, nos alimentaba con lentejas, verduras y un poco de carne cada semana.

Estar colocados en aquel casi desierto no era nuestra culpa, era voluntad divina. Para dona Eufrasia, que lavaba en la gran pileta platos o ropas, debe haber llegado con un dolor, un grito, una sucia palabra.

Con pasitos muy cuidados fue llegando a la puerta hasta hundirse en la penumbra fresca de la casona. Yo fui el primero en despertar al susto.

Busco partera, comadrona o medico. Si la dejamos, la Eufrasia se nos muere. Tenia que recorrer kilometres y el tanque estaba lleno. Yo avanzaba siempre paralelo a todo esto. El monstruo frente a mi jeep.

Tal vez trabaje un tiempo. Entonces me puse a distribuir destinos y pasados. Ninguna cortina, ninguna puerta cerrada pudieron sugerirme presencia o temporal ausencia de medico. Una bata blanca, una sonrisa de bienvenida, lustrosa, inmutable por ortodoncia.

Nos separaban unos cincuenta metros. Le di mi nombre y nos estrechamos las manos sin hacer fuerza. Cuando, en que tiempo. Y usted sabe, la mala suerte, dijera un amigo, es como una costra que le cubriera el cuerpo, sin pecado, y si a veces cae es porque Dios o Destine quisieron.

Que van a saber de fiestas locales. Le digo mi sospecha: usted es un che. Pero soy un che oriental. Un abrazo. Y Eufrasia sangrando. Estamos a jueves y cae en San Cono, que es el santo patrono de la ciudad. Todas las ciudades tienen. No se si usted me entiende. Los que no se mataron en la carretera, ida o vuelta. Casi siempre en monedas. A cada uno su suerte. Y yo solo distraigo y lo demoro. Comadrona no conozco. Y menos partera. Nos queda el doctor Diaz Grey pero ni me imagino que puede resultar.

Para mi, esa casa tiene algo de misterio. No tiene perdida. Golpee hasta que abran porque esa gente tiene servicio un mes si y otro no. Unos metros nos separaban. Mas tarde vi sombras y de inmediato el resplandor de los cirios. Estos eran los portadores de cirios de llamas palpitantes, ayudando en la noche, sin necesidad, al calor creciente.

Solo pude distinguir, para burlarme sin palabras ni sonrisas, los gastados nombres de Sodorna y Gomorra. Ahora tenia casi enfrentada la casa. Un cuadrilongo blanco y sin gracia semejante a una caja de zapatos, sostenido por catorce pilares. Tenia los dientes superiores grandes y salientes, la cara asombrada y atenta.

Una carcajada infantil y se fue hacia el calor de la casa dejando la puerta abierta contra la pared. Camine por un corredor con suave olor a cuero y me detuve en una arcada donde colgaban cortinas oscuras en los costados. Nos vamos a helar. En realidad no esperaba a nadie. Pero siempre sin que yo lo presienta.

Cerca de la estufa que voy a enchufar. Tanto calor hacia, el ventanal abierto. Es mi mujer, mi enferma. Tal vez vuelva al tema. Ahora le pido que me cuente por que vino a esta casa. Ya ni soy medico de verdad. Juego al forense por curiosidad. Maligna, perversa acaso. Mi sucesor, Rius, me consulta sobre enfermos y enfermedades.

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